Ella

Sacudiéndome el sopor de la siesta, se me ha enredado otra vez ella en mi ser y he decidido quitármela de encima de una vez por todas, escribiendo acerca de lo que de ella recuerdo, o más bien, siguiendo el hilo del sentimiento, que es donde  se me anida con la mayor terquedad.

 

Los primeros recuerdos que de ella tengo son un tanto confusos, no teniendo datos fechados o anotados, he de ir tirando con cuidado del fino tramo de la intuición, para ir haciéndola brotar y materializarse.

 

Desde que me alcanza la memoria ella era indigna y malvada. Al oír el llanto de un bebé, sentía auténticos deseos de estrangularle. En esos momentos,  era aún una tierna pequeña que acababa de tener un hermanito, pero ya se sentía, como el más viejo y sucio de los pecadores.

 

Sus primeros miedos fueron a los gritos del trapero ¡Al fin había venido por ella! Se escondía debajo de las faldas de su madre, los mayores se reían, pero  sabía que había llegado su hora. Al alejarse el trapero, respiraba agradecida, al poder seguir existiendo durante algún tiempo más.

 

Cuando empezó a ir al colegio llegó incluso a reír y jugar como cualquier otro niño, pero en el fondo de su ser, siempre estaba latente la certeza, de que tarde o temprano, descubrirían su yo miserable y malvado; a pesar de la energía extra que le suponía, el esconderlo y disimularlo; empujándolo siempre a lo más recóndito de su ser.

 

Siempre fue una niña triste, tenía en la mirada todo un universo de tristeza, con el tiempo, se dio cuenta, sin saber exactamente a qué atribuirlo, que la miraban con envidia, como si  exhalase algo, entre misterioso y atrayente. En cambio, a ella, le causaba una gran admiración  la facilidad con que sus semejantes, se integraban en un grupo determinado; en su clase, su barrio…

¿Cómo podían mantenerse felices y relajados disfrutando de la vida? Seguramente ellos no habían nacido con aquella falta que  la atormentaba; ese poso de maldad que a veces emanaba de su ser.

 

Su infancia transcurrió con más penas que glorias. Su padre, persona culta y cariñosa con aspecto de actor de cine, pronto empezó a dar las primeras muestras de abandono físico y psíquico. No fue capaz de enfrentarse a la dureza de la vida, e ir solventando las dificultades y el día a día de un próspero negocio que por aquellos tiempos había creado y empezó a alimentar su ego con alcohol y mujeres.

 

Su madre, mujer humana y vulnerable, con un magnífico físico, ponía todo su empeño en seguir siendo el escaparate perfecto junto a su marido, ante todas sus amistades, intentado sacrificar todo su ser y sus gustos a esa imagen perfecta, divulgada entonces por el cine principalmente. Cuando empezó a tener hijos, le pudo más la ternura que le inspiraban aquellas pequeñas criaturas y poco a poco, esa imagen, se fue debilitando en su ser. Aunque creo que nunca se sintió satisfecha consigo misma, no tenía muy claro que esa fuera la postura adecuada, más bien, esa entrega a sus hijos, la veía como una debilidad de carácter, que como una opción óptima ante la vida.

 

Y en esa tierra abonada de pura arcilla y estiércol, fueron prendiendo sus raíces. No sabría precisarlo, pero, en algún momento de su niñez, tomó una decisión; sus raíces no se alimentarían mas de estiércol, no sabía como, pero sus ramas, sus flores, se alzarían al cielo sin probar esa tierra apestosa e imperfecta, ya no aceptaría sus miserias, sus bajezas humanas; sería la muestra de que la perfección es posible. Iba a acabar con ese “yo” miserable y malvado que tanto la atormentaba. Doy fe, de que esa determinación, funcionó por bastante tiempo; la buscaban las vueltas, pero en ella no encontraban el substrato donde se alimentan los más frondosos bosques, parecía alimentarse del aire límpido y puro. Soportaba las mas terribles pruebas psicológicas, conocidos y amigos curioseaban sus entresijos, intentando descifrar su misterio, pero siempre salía airosa. No necesitaba como el resto de los mortales, pisar el fango para alcanzar el cielo.

 

Con la técnica depurada, rozando la madurez y sin previo aviso; un Mr. Hyde grotesco y bien alimentado, hizo acto de presencia. Pero eso es ya otra historia.

 

 

Alicia Naya Díez

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